Judería de Híjar | Jewish Quarter of Híjar

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LA VIDA Y SUS OFICIOS

La comunidad judía de Híjar tenía múltiples profesiones. A las ocupaciones que relacionamos con los judíos —como rabinos, prestamistas o médicos— hay que sumarles los oficios más habituales de la época: artesanos textiles, de la piel y metalúrgicos, comerciantes…

Estañador trabajando en Híjar, ca. 1880–1910.
Fotografía de José Antonio Dosset (Archivo Dosset, Instituto de Estudios Turolenses).

 Oficios y normas de la aljama

Conviene recordar que los vecinos de los barrios judíos desempeñaban oficios acordes con sus costumbres y creencias, respetando las normas que regían la vida cotidiana. En Híjar, algunos expertos talmudistas velaban por el cumplimiento de la ley judía, especialmente en la carnicería y tabernas donde se expendían alimentos kasher.

Esta carnicería propia de la aljama atendía también a una clientela diversa, judía y cristiana: hacia 1482, el tejedor Mossé Zurralla, entonces carnicero, suministraba carne a familias de la villa, incluidos cristianos como el pellicero Guillén Remírez. Los compradores exigían que la carne fuera kasher (apta) y rechazaban piezas no purgadas según el rito, tal como atestigua Simuel Aburrabe; esta preferencia por la carne de la carnicería judía se documenta también en Teruel y Daroca, e incluso entre miembros del clero cristiano, por razones de economía doméstica o calidad del producto.

Desconocemos la localización original de la carnicería, la taberna y el horno dentro del barrio; la documentación disponible no lo aclara. No obstante, trabajos de memoria oral del Centro de Estudios del Bajo Martín, realizados a finales de los años 1990 y comienzos de los 2000, recogen el recuerdo de un “horno de pan cocer” próximo a la entrada de la judería y la existencia, ya en el siglo XX, de otro horno en la Cuesta del Olmo. Según esos testimonios, el horno de la judería habría contado con un amplio espacio, cubierto por techumbre de madera sostenida por arcos diafragma rebajados, y con acceso a la leñera desde la calle Jesús a través de un callizo hoy desaparecido. Estos relatos carecen, por ahora, de confirmación documental o arqueológica y deben considerarse hipótesis de trabajo. ¿Conservan quizá el recuerdo de instalaciones más antiguas? Es posible, pero no existen pruebas concluyentes.

Vecinos comprando y vendiendo en la plaza Mayor de Híjar.

Bajo los soportales, entre puestos de utensilios, telas y alimentos, bulle la compraventa y el ir y venir de artesanos y campesinos. El edificio principal muestra la fábrica de ladrillo y la galería alta, con ventanas de arcos conopiales: rasgos que compartían muchas casas del cercano barrio de San Antón. La escena condensa la vida del corazón del casco histórico: comercio, oficio y vecindad entrelazados en una estampa que, como los ladrillos y las ventanas, parece recordar la misma vida de antaño.

  1. 1880–1910. Fotografía de José Antonio Dosset (Archivo Dosset, Instituto de Estudios Turolenses).

En los reinos cristianos de la Península durante la Edad Media, muchos judíos desempeñaron oficios vinculados al comercio, la artesanía y ciertas profesiones cualificadas (médicos, arrendadores de rentas, corredores, financieros). La formación básica masculina —habitualmente en la comunidad o con el rabino— facilitaba destrezas útiles para la contabilidad, la escritura y la gestión; aun así, los niveles de alfabetización variaron y no fueron universales. Por otro lado, las mujeres tuvieron un papel esencial en la transmisión cultural y religiosa en el hogar. La valoración social de estas actividades dependió del contexto político y señorial y fue cambiando con el tiempo, hasta culminar en la expulsión de 1492.

En algunos linajes, la transmisión familiar de saberes favoreció la continuidad de especialidades como la medicina, la administración económica y las tareas vinculadas al crédito y la intermediación.

Las relaciones estrechas entre familias y miembros de distintas juderías del reino les permitían, a su vez, tejer redes comerciales entre mercaderes, así como desarrollar una marcada tendencia al emprendimiento económico en todo tipo de empresas.

La tradición local cuenta que, en tiempos de Alfonso IV (1327–1336), un indulto habría favorecido a judíos fabricantes de seda trasladados a Híjar por mediación de doña Teresa de Alagón. Aunque esta narración forma parte del imaginario hijarano, no se ha identificado aún la referencia documental precisa en catálogos o estudios académicos recientes.

Sí sabemos, en cambio, que la actividad sedera tuvo presencia en época moderna, como atestigua, por ejemplo, la antigua fábrica de seda situada junto al río Martín (en la calle Otal, nº 20), cuyos restos aún pueden reconocerse. Ese testimonio arquitectónico mantiene viva la memoria de la seda en Híjar, sin que exista una relación demostrable con la comunidad judía medieval.

No resulta extraño pensar que, siguiendo la pista de los parajes y partidas que pertenecieron al ducado hasta bien entrado el siglo XIX, pudiera rastrearse parte de las propiedades vinculadas en su día a los judíos hijaranos: los espacios donde vivían, trabajaban y se abastecían de productos de primera necesidad. Se trata, por ahora, de una vía de estudio futura, que invita a cruzar documentación señorial, catastros y cartografía histórica para iluminar mejor el mapa material de aquella comunidad.

Los oficios del libro

Entre los oficios más singulares documentados en la Híjar del siglo XV destaca el de los impresores, protagonistas de una de las páginas más notables de la historia cultural aragonesa. En torno a 1485, bajo la protección del duque Juan Fernández de Híjar y Cabrera, se estableció en la villa una imprenta hebrea dirigida por Eliezer ben Abraham Alantansí, quien figura como su principal promotor.

Fotograma de la película Libros: el legado de Alantansí (2024), que muestra una de las escenas donde se recrea el taller o imprenta hijarana del s. XV.

El taller reunió a un pequeño grupo de especialistas. Salomón ben Maimón Zalmati aportó capital y experiencia comercial; Abraham ben Isaac ben David, que como corrector, se encargaba de la revisión de los textos y de las pruebas; y Alfonso Fernández de Córdoba, que trabajó como fundidor de tipos y tipógrafo, preparaba las letras de plomo y hierro que dieron forma a los libros. De este modo, la imprenta de Híjar representó un logro técnico y cultural y un espacio de colaboración entre oficios, reflejo del dinamismo de la villa en las décadas previas a 1492. Cabe recordar, además, que, mientras organizaba el taller y desarrollaba su labor tipográfica, Eliezer Alantansí obtuvo el título de médico en la Corte, muestra de su formación y versatilidad.

En este fragmento del documental Libros: el legado de Alantansí (José Ángel Guimerá, 2024), la profesora Asunción Blasco cuenta cómo halló, en el Archivo de la Corona de Aragón, la certificación del título de médico de Eliezer Alantansí. Nacido en Huesca y establecido en Híjar, Alantansí obtuvo allí su titulación mientras organizaba su célebre imprenta hebrea. Años después, ejerció como médico en la corte del sultán en Constantinopla. El documental recorre su vida y la huella de su obra.

Oficios y vida económica en la Híjar judía

En la Baja Edad Media, los oficios ejercidos por judíos en los reinos hispanos se aprendían de manera práctica, al lado de un maestro y dentro de redes familiares o comunitarias: observando, imitando y repitiendo las tareas hasta dominar la técnica. La lectura o el cálculo podían facilitar ciertas gestiones, pero no eran indispensables para aprender un oficio. Era el maestro quien solía llevar las cuentas y organizar el trabajo, del mismo modo que, en el ámbito doméstico, las mujeres aprendían las labores del hogar mirando y reproduciendo lo que hacían sus mayores.

En el plano económico, la participación judía en el comercio, el corretaje, el arriendo de rentas o el crédito respondía a las oportunidades legales y a la demanda de servicios de autoridades y particulares. La normativa sobre el préstamo con interés —en Aragón, fijada por la Corona “al coto e mandamiento del senyor rey”, en torno al 16%— regulaba una práctica sometida a control y no sujeta a la libre voluntad del prestamista.

La aljama de Híjar desarrolló una economía activa y diversa, articulada entre la artesanía, el comercio y las finanzas. La mayoría de la población se dedicaba a la manufactura de paños o de textil —tejedores, bataneros, calceteros, sastres—, a los oficios del cuero —pellejeros, pergamineros, zapateros— y a la orfebrería, donde existía un pequeño pero especializado grupo de argenteros.

Feria en la plaza Mayor de Híjar. Bajo los soportales y toldos, cambian de manos telas, cerámicas, herramientas y productos del campo. El regateo, las balanzas y los rollos de tejido dibujan la coreografía comercial de la plaza. ca. 1880–1910. Foto: José Antonio Dosset (Archivo Dosset, Instituto de Estudios Turolenses).

En el ámbito mercantil, destacaban las familias de negociadores como Chinillo, Abenforna, Almacarén, Mallén o Abenfanya, que consolidaban alianzas mediante matrimonios y dotes, facilitando la circulación de bienes y capital. Las operaciones financieras se realizaban a través de cartas de deuda o comandas, contratos que articulaban capital e intereses con gran flexibilidad y que, en la práctica, sorteaban las restricciones legales sobre la usura. Su radio de acción se extendía más allá de Híjar, abarcando localidades como Urrea de Gaén, Samper de Calanda, Castelnou, Azaila o La Puebla de Híjar, en transacciones que involucraban tanto a judíos como a cristianos y musulmanes.

El artesanado representaba el grueso de la población trabajadora, mientras que la comunidad también incluía letrados, gestores y mediadores que actuaban en nombre de la casa señorial o de instituciones eclesiásticas. Algunos contratos mencionan préstamos a miembros del clero, prueba de que la economía judía se integraba plenamente en los circuitos locales, incluso interconfesionales.

A mediados del siglo XV, las fuentes reflejan cierta tensión en la convivencia económica, con quejas sobre la presencia de tiendas y talleres “de infieles” en calles cristianas, como la botiga de un zapatero judío. No obstante, hasta entonces no se habían aplicado medidas segregacionistas en la indumentaria o el espacio urbano.

En una comunidad dependiente del ciclo agrario, la gestión de recursos agrícolas tuvo también relevancia. La documentación menciona compraventa y administración de olivares y viñas, lo que sugiere que algunos judíos actuaban como propietarios, arrendadores o intermediarios. Muchos de estos cultivos se situaban en la Val de la Magdalena y las Planas del Duque, junto al barrio judío, atravesadas por la Acequia Vieja o de las Vegatillas, que bordea la muela central del barrio y sigue en uso desde las reformas tempranas del señorío.

En conjunto, la aljama de Híjar se distinguió por una economía próspera y articulada —sostenida en la especialización artesanal, la movilidad social y la integración comercial—, hasta que las tensiones políticas y religiosas de fines del siglo XV alteraron ese equilibrio.

Enlaces de interés

Bibliografía básica

Para quienes deseen profundizar en la historia de esta judería, se recomienda la siguiente bibliografía fundamental: